
Siempre he sido reacia a hablar de mi vida privada o exponerla en redes sociales, porque consideraba que debe seguir siendo lo que es: privada. No obstante, en esta ocasión quiero hacerlo, dedicando estas palabras a quien era mi adorado esposo, Miguel Ángel Garrido Gómez, en vísperas de la misa que se ofrece en su memoria.
En varias ocasiones he dicho que la música es el espejo del alma, la expresión de sentimientos más profundos, un arte que llega más allá que cualquier otra expresión artística; incluso supera con creces el poder de la palabra. No es de sorprender que, como músico profesional, me resulte difícil definir y expresar con palabras la esencia de un ser tan especial y único, con el que no solo compartí algo más de once años de mi vida, sino que fue la razón por la que decidí venirme nuevamente a España allá por el 2014 y fijar mi residencia en O Barco de Valdeorras. Los gestos hablan más que las palabras, porque tomar esa decisión de ponerle como mi prioridad, refleja claramente lo valioso que era Miguel para mí.
Precisamente la música fue uno de los lazos fuertes de nuestra relación. Nos conocimos de una forma tan peculiar; incluso, podría decir que nuestra historia de amor empezó a escribirse muchos años antes de conocernos, concretamente desde su llegada a este mundo. Fue cosa de destino. < Nací en la calle Mayor de Palencia, en casa de mis abuelos maternos, en una habitación con piano… > me contaba al poco de conocernos.
Es fácil ilusionarse y enamorarse “en las buenas”, pero nuestros caminos se cruzaron precisamente en el momento más duro de su vida. Me convertí en su luz y sentí que su felicidad era también la mía. Cuando hay un amor tan profundo e incondicional, esta persona de algún modo se integra en tu ser, y así, nunca vuelves a ser el mismo, aquel que eras antes de conocerla. Miguel ya es parte inseparable de mí.
Mi esposo me hizo entender que el mejor regalo que podemos dar a nuestra pareja no es amor, sino hacerle sentirse comprendida. La comprensión abarca y refleja el amor, el respeto, el aprecio, y no puede desvincularse de ninguno de ellos. Recordando ahora todo lo que hemos compartido, junto al amor siento mucha gratitud hacia él. Estos sentimientos son los que ahora me ayudan en tratar de superar el inmenso dolor por su pérdida.
De Miguel aprendí muchas cosas. Una de ellas, tan valiosa, que todavía me cuesta poner en práctica, es evitar discusiones y no hacer intentos de demostrar la verdad, sino dejar que las cosas caigan por su propio peso. Él supo sufrir en silencio, prefería aguantar cualquier injusticia que dejar en mal lugar al otro. Y no, no es una actitud cobarde, sino nobleza. Miguel fue noble, sin pertenecer a la nobleza. Tenía mucha clase, sin proceder de la clase social más alta. Lo que demuestra que no importa de dónde venimos, sino en qué tipo de persona elegimos convertirnos.
Muchos hemos podido sentir que su bondad y generosidad eran inmensas. Su nombre completo era Miguel Ángel, que perfectamente describe como era. Y seguirá siendo mi ángel, allá donde esté.
Sara Marianovich